Pero crecimos y los colores se ampliaron. Y la paleta de 16 colores de nuestro patio de colegio dio paso a una variada gama de azules turquesas, amarillos gualdas, rojos escarlatas, negro azabache y, sí, el blanco aquel del recreo. El gafotas y la pelota hoy son funcionarios o consultores en un edificio gris sin ventanas, con un cactus como única compañía que -dicen- absorbe las radiaciones del ordenador pero que a la vista de su rictus parece que les haya absorbido a ellos todas las energías. Y así, sin energía ni futuro, sus vidas transcurren lentamente en ese espacio gris en cuyo techo han tenido que colocar chapuceramente un folio que tapa el chorro de calefacción que les fríe la nuca en invierno, o les congela la espina dorsal en verano.
El color blanco en cambio sí salió adelante, hizo carrera y vio mundo. Se convirtió en un disco de los Beatles, en unos lienzos de Rauschenberg, blancos puros y níveos y que inspiraron otra obra blanca, esta de teatro, Arte de Yasmina Reza, donde un lienzo en blanco se convierte en objeto de culto, odio e indiferencia repartida a partes iguales por un grupo de tres amigos. El blanco fue el color de la verdad cuando pintabas los colores de tu hogar, el de la peli de Kieslowski, que es perfecta para combatir el insomnio, el del Tippex, que ni disimula el texto ni sirve para nada, pero fue nuestro control zeta y nuestro delete (pronúnciese como suena) allende los años 80. Blanco fue el punto de los calcetines Punto Blanco, y blanca es la Noche en Blanco, una iniciativa que consiste en organizar saraos a media noche para que millones de personas salgan a la calle a mogollón a pelarse el culo de frío para ir al teatro o a los museos por primera vez en su vida y se coma filas de 4 horas, en vez de ir un sábado por la mañana calentitos y sin agobios.
En blanco estaba yo, sentada en el sofá de mi casa con el portátil sobre mis muslos cuando pensaba qué escribir hoy. "Esto ya lo han puesto en otro blog" -me autocensuraba- o "esto otro les va a aburrir" - cavilaba. Y así pasaron los días y yo desesperada, que decía el bolero que cantaba un señor negro (vaya), cuando me dije "bueno, pues dejemos el post en blanco. Al final van a tener razón el gafotas y la pelota aquellos y el blanco es la suma de todos los colores y aquí la única paleta soy yo." Y eso hice.
Sonreí. Levanté la vista y miré a través de la ventana el cielo azul de Madrid, los tejados rojos, y las fachadas vecinas de un color rosa pálido. Entonces mi gata Sherpa, pequeña, peluda como una bolita de algodón y completamente blanca, se acercó hacia mis pies, saltó al sofá y se posó sobre mi regazo. Levantó la cabeza, me miró con sus grandes ojos color caramelo, sus orejitas rosadas, abrió la boca y moviendo ligeramente la cabecita de lado a lado me susurró "Quizás, quizás, quizás."




























