"Esta es mi comida. Es deliciosa. La comida es genial. No puedo esperar a comerla. La comida me hace feliz." Todo este lema pro-papeo viene escrito en esta bonita bolsa que no se puede comprar porque es
para hacerla una misma, con su mecanisma, con tijeras, hilo, agujas y esas cosas que a mí me parecen como pilotar el Soyuz 16 con la perra Laika dentro.
El lema me suena un poco al
mantra de un niño al que le obligan a comer verduras. La madre, paciencia infinita, con la cuchara al borde de la boca cerrada a cal y canto del crío, esperando que la abra para aprovechar un mínimo resquicio y enchufarle la cuchara hasta el esófago. Y en la espera el pequeño pensando para sus adentros: "Esta cosa verde y repulsiva es buena. Mi madre vela por mi salud. Parece mierda de perro seca pero seguro que sabe rico. Tiene ajo, que lo he visto yo. Lo hace para darle sabor porque si no, no se lo come ni ella. El ajo viene de la palabra asco. Que luego fue
Ajjco y de ahí
Ajo. Pero vamos, que no pienso abrir la boca. Me da un repeluco del 15. Bueno, del 8, que aún no sé contar hasta 15."
A mí, nada más ver el texto bordado, me recordó a
la oración antes de dormir de los reclutas de
La Chaqueta Metálica: "Éste es mi fusil. Hay otros muchos, pero éste es el mío. Mi fusil es mi mejor amigo y es mi vida. Tengo que dominarlo, igual que me domino a mí mismo. Sin mí mi fusil no sirve, sin mi fusil yo tampoco sirvo."
Y es que a veces hay que tener el entrenamiento y el control mental de un marine para probar ciertos platos de comida. Yo, la primera vez que me llevaron a cenar a un japonés, me entraron ganas de quemarles la Embajada.
De primeras en mi plato había más algas que en Buscando a Nemo. Cerré los ojos, respiré profundamente, y probé lo que parecía más inocente: una especie de sabanita rosa que aseguraban era jengibre. Hasta donde yo conocía el jengibre era una tosca raíz marrón con pinta de miembro amputado salido del bote de formol de un laboratorio nazi. Como soy de naturaleza bruta, me lo metí todo en la boca, para descubrir con repugnancia que aquello sabía igual que las toallitas de colonia de una marisquería. Empezábamos mal.
Rápidamente mitigué el sabor recurriendo a lo segundo que tenía a mano: Una pasta verde con pinta de montaña de mocos, que al rozar mi lengua me hizo vislumbrar que del asco a la asfixia hay un camino muy corto. Mejor dicho: no hay camino. Ahí fue cuando me di cuenta de que los palillos no están afilados porque la gente tendría el instinto de clavárselos al chef en la yugular.
Salí de allí como quien
sale del dentista: Con el estómago vacío, la boca dormida y la promesa inquebrantable de no volver en la vida. Lo bueno era que ya sabía cómo quemarles la Embajada: Lanzando bolitas de wasabi. Seguro que estallaban al contacto con el edificio. Una reacción química letal, tipo la plastilina esa llamada
Pattex que se convierte en cemento armado, o como esas bombas caseras que ves en las películas: Pelotilla de chicle de fresa con babas + explosivo= Bomba nuclear de Nagasaki, 2.0.
Por desgracia mi naturaleza bruta es además pacífica, y cuando terminé el chicle lo envolví en su papelito original, lo tiré a una papelera, y me fui a comer un helado, que eso siempre sabe rico aunque haga un invierno siberiano.
Yo, ya veís, es que no valgo para
marine. Yo soy más como Serrat: tengo alma de
marinera.
laiiralaiii lailaaaraaa - laiiilaraiii lailaaaraaaai...
...
Yummy, yummy yummy I've got love in my tummy. Now you can pack all that love in this nice bag which, sorry to say, is not for sale. You'll have to make it yourself with scissors, thread and all that stuff that, to be honest, is as complicated to me as piloting a space ship. In any case, the words written on it remind of me the soldiers from Full Metal Jacket when they're about to go to sleep and say their prayers: "This is my rifle.There are many like it, but this one is mine. My rifle is my best friend. It is my life. I must master it, as I must master my life." Bon appétit, ladies!
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(via design sponge)