
Con nombre de un miembro de la aldea de Astérix, se presenta en sociedad Garrafonix, un invento español para detectar si la bebida que te sirven en el bar tiene alcohol del bueno o gasolina de 97 octanos. No exagero, amigos y amigas, yo un día de fiesta me quedé tirada sin gasolina y como eran las tantas y no había dónde repostar me fui a un bar, pedí un whisky a palo seco y lo eché en el depósito de mi austero Seat Panda. Tras varias sacudidas, el coche no sólo arrancó, si no que por primera y única vez en sus catorce años de vida, rebasó los 115 Kmh en una recta. Se le desencajó una ventanilla y la goma del limpia salió volando, es cierto, pero el truco funcionó.
Hoy, a mis 34 añazos, inventos como el Garrafonix son indispensables para garantizar el buen funcionamiento de mi cuerpo. No hace mucho, con 16 años, mi cabeza y mi hígado contaban con la asombrosa capacidad de absorber y asimilar líquidos corrosivos disimulados en cócteles varios, sin que síntoma alguno propio de la resaca hiciera mella en mi ser.
Garrafonix, como iba diciendo, al ser introducido en la bebida confirma si ésta es de calidad o si debes ir pidiendo la cuenta y de paso la extrema unción. La buena noticia es que funciona con Johnnie Walker, JB, DyC, Pampero, Brugal y Havana Club, la mala que el invento huele mucho a ser garrafón él mismo, oséase una burda coña marinera typical spanish. Y es que yo le veo un sospechosísimo parecido con el test de embarazo Clearblue. Pero, oye, tampoco es mala idea: Cómprate el Clearblue y le colocas una pegatina con la calavera y exiges al camarero -a gritos, porque en los bares no se escucha nada- que te cambie el copazo in-me-dia-ta-men-te por una bebida de calidad. Aunque más difícil que oirte, será evitar que el portero te parta las piernas y te inserte el Garrafonix en lugares más incómodos que la boca de un vaso.

































